Intervistas

DEL GESTUALISMO A LA GEOMETRÍA LÍRICA

CARLOS CANALS

El tiempo pictórico ha sido una de las características esenciales del neoplatonismo estético –el tiempo se muestra en la paciente elaboración de la obra, en la atención que supone la idea de representación-, que el siglo XX ha negado con artes tan urgentes como el expresionismo abstracto de índole gestual.

Los frutos de tal negación han acostumbrado a ser amargos; acaso porque amargo es el destino del hombre: el gestualismo propiciaba la exteriorización catártica de la violencia, de las freudianas pulsiones del ser humano.

Y he aquí que una artista de formación gestual –Cris Pink– abandona tales artes de la urgencia para exigir tiempo –tiempo de goce– en la muestra que esta tarde inaugura la palmesana sala Altair.

Sobre una figura monográfica –el círculo que comparte con artistas tan lejanos en el tiempo y el espacio como el tristemente desaparecido Salvador Victoria o el mallorquín Mariano Mayol–, la artista de origen alemán no pretende un estudio de la figura geométrica (como hacía Victoria) ni el aprovechamiento del recurso (como hace Mayol).

Pink utiliza el círculo con una doble intención. En primer lugar, la de continente. Aunque muestra sin rubor los contornos dejados por el compás –no se le niega la trampa al espectador–, el círculo está desdibujado. Es continente de un contenido jamás homogéneo, de una generación no simbólica que, sencillamente, se niega a aceptar limitaciones geométricas: hay violencia en esta intención.

Pero el círculo tiene –de hecho– una significación preestablecida en la cosmogonía occidental: la que le asigna perfección formal y volvió locos a los pitagóricos que buscaban su cuadratura. Desde luego, el pensamiento oriental ha influido en esta herencia cultural –basta con recordar un mandala–; el espectador es libre de interpretarlo así.

Porque al espectador Pink le pide tiempo: el mismo tiempo moroso que invierte en la minuciosa creación de sus óleos. Lo invita a sumirse en la re-creación de la obra, en su de-construcción derridiana, a partir de la consideración de los múltiples tiempos que son implícitos al tempo final de cada obra.

Hay minucia en estos óleos –el detalle es esencial en esta obra, también el criterio no minimalista, que hace variación de lo repetitivo–, pero la minucia es tan veloz como obliga la parafina. La pincelada de cera debe ser veloz, inmediata. Con ella, Cris Pink genera –sobre todo en las obras más recientes– una multiplanaridad, cuya función, desde luego, es la de insistir en la diferencia temporal que implica su uso aplicado al óleo, al pigmento lento de lento secado.

Los fundamentos teóricos de esta pintura son, como quizás pueda apreciarse, sólidos y coherentes con la trayectoria de esta artista que incluso en su obra gestual mostraba ya inquietud por el devenir temporal interno de la obra misma.

Pero estos mismos planteamientos son peligrosos: pueden conducir al estancamiento de la obra misma; y el lector debe recordar que, en italiano, stanco significa “cansado”. Las piezas que Pink muestra ahora en Altair son inteligentes, inquietas e inquietantes en la medida que proponen un acercamiento hoy desusado a la obra de arte. Exigen el detenimiento del espectador… pero no saben pedir su atención.

El arte aquí se plantea como una invitación que el espectador da por asumida en el hecho mismo de visitar la galería: cumplido este acto voluntario, el contemplador ve o no ve, según sea su natural y su circunstancia. El arte es rito, es religiosidad.

La artista es consciente, desde luego, del riesgo que supone dejar al libre arbitrio la atención que merecen las telas ahora expuestas: en noviembre, Pink ha de mostrar lienzos aún más recientes en el parisino Círculo de Coleccionistas de Arte Contemporáneo, son obras vigorosas, en absoluto ajenas a la violencia función de repulsa de su etapa gestual. Sin embargo, plantean igualmente la necesidad de contrastar el tempo de la obra, creada ahora a partir de la idea de soporte –como el círculo es continente en la muestra de hoy– y, a la vez, objeto de connotación industrial.

 

No hay poesía que valga
Cris Pink está embarcada ahora en proyectos que no sólo afectan a su próxima exposición en el Círculo de Coleccionistas en París, sino una carpeta o libro –el extremo aún no está decidido– en colaboración con el filólogo y poeta Francisco Díaz de Castro, que –precisamente– ilustra con un poema el lienzo “Legado”, desde hoy expuesto en la sala Altair. Tampoco el excelente Claudio Zulián ha sabido resistirse a la potencia lírica del tiempo en desarrollo que propone Pink: en un texto interpretativo de la ópera ahora expuesta, Zulián se plantea la simbología de colores y formas según criterios tradicionales, que no por sabidos son menos afilados o penetrantes. Es tópico el que asocia arte y música y poesía a partir de la raíz griega de “poesía”: ha sido tomado como excusa para que la crítica mantenga una posición dulce e irresponsable. Pero hay ocasiones en las que una misma teoría estética es capaz de adecuarse a las distintas artes, como ocurría en el cuatrocientos italiano. Quizás aquí se produzca también este hecho afortunado.

 

DIARIO 16, 19 de septiembre de 1995
Galería Altair, P

EL CAMINO INICIÁTICO DEL REFINAMIENTO

A. CLAR / C. JOVER

 El curioso formato de esta muestra antológica se corresponde con los nuevos tiempos, en los que a los viejos conceptos centrales y aparentemente sólidos les ha sucedido una fenomenología de lo individual y de lo concreto de pies bailarines (como diría el de Sils Maria), que por ejemplo en el caso de la confrontación al poder omnímodo del imperio se sustancia en mallas difusas de células activas en la sombra.

En lugar de utilizar los espacios del poder, con la aceptación de la genuflexión que ello comporta, como podrían ser en el caso de nuestra provincia imperial La Lonja o el Casal Solleric sin ir más lejos, Cris Pink (Koblenz, Alemania, 1956) ha preferido una solución periférica más a la manera del concepto de emboscadura de su discutido, denostado pero admirado aquí compatriota Ernst Jünger. Cris eligió ya hace muchos años la periferia del imperio para trabajar, y lo ha hecho ahora para mostrar una extraordinaria retrospectiva de su obra entre 1988 y 2004. Entre el espacio del Centre d’art sa Quartera de Inca y el Casal can Gelabert de Binissalem se puede recoger una visión bastante completa del camino recorrido, un verdadero camino iniciático hacia la más afinada depuración de formas y maneras.

Del viaje por este anti-Congo personalísimo (al contrario del buscador de Kurtz y del sentido del horror, estamos aquí ante la búsqueda del concepto de belleza extasiada, al sentido oriental) se parte en el espacio de Inca de unas primeras etapas muy marcadas por la influencia de Anselm Kiefer, en las que la contundencia de las imágenes, de clara filiación arquitectónica, plantea ya la pugna con ese amenazador movimiento del poder hacia la condensación del centro. La paleta es oscura y corta, el trazo marcado y expresionista, la sintaxis, desnuda. De ese emplazamiento en la ribera del río pudo escapar (pues la estética que retrata el poder también seduce irremisiblemente) progresando hacia un lugar medio entre el expresionismo abstracto a la manera europea y un pseudoinformalismo con amplia gama de color, en el que se cruzó (otra vez el símil africano con el encuentro entre Stanley y Livingstone) con el Xavier Grau intermedio, el más conocido. Allí empezaron a aparecer el amarillo y el rojo, y también el spray y una corta incursión en el collage. Pero el río se perdía hacia arriba, y había que seguir.

La siguiente etapa presenta ya una  clara disposición hacia la reducción minimalista de las formas y maneras, planteando incluso el tema del fenómeno como objeto de deseo y de retrato. El tratamiento con cera líquida aparece por primera vez, y el equilibrio de las obras se alcanza hasta en la pura geometría. El círculo representa, como siempre, la pureza de la anhelada perfección. De ahí a la etapa final, mostrada en can Gelabert, discurre un proceso personal que ya vive inmerso en ese environment de armonía, donde la belleza alcanzada se expande como una música y un paisaje, hacia todas las esquinas de la obra. Importante muestra, pues, cuyo recorrido hace comprensible la aventura del arte, aún más venturosa en el caso presente de Cris Pink por una part forana que comienza a presentar batalla.

 

EL MUNDO, Cultura, 7 junio 2004
Cris Pink. La temperatura del color. Centre d’art sa Quartera, Inca.
Casal de cultura can Gelabert, Binissalem.

 


 

CRIS PINK TOMA "LA TEMPERATURA DEL COLOR"

LOURDES DURÁN

Cuando Cris Pink llegó a la isla, en 1984, venía cargada de la impronta “impetuosa alemana y del expresionismo" abstracto americano. No podía imaginarse que el tópico, al que ella se resistía, se cumpliría. “El Mediterráneo ha cambiado mi obra, más la vivencia con las gentes en un ambiente menos opresivo y más tolerante que el alemán”. Sus lienzos dejaban atrás aquel gesto grandilocuente, muy apoyado en el dibujo de gran calado; se despojaban.

“He ido encauzando mi obra hacia la contemplación, se ha hecho más meditativa. La isla ha contribuido a abrir mi obra. Antes me apoyaba más en el dibujo, ahora mis cuadros son más coloristas”, explica la pintora.

Porque dieciséis años es tiempo suficiente. Cris Pink ha decidido tomarle La temperatura del color y presentar una retrospectiva, mal que le pese al apelativo –“¡que parece que me quiero despedir!”-, que se fragmenta en dos espacios, Sa Quartera de Inca y Can Gelabert de Binissalem. La primera, que se inaugura mañana, supone para Pink un deseo hecho realidad. “Llevaba años queriendo exponer en un espacio que me parece idóneo para mi obra”. Casi un mes después, se abrirá otra ventana de su pintura, en Can Gelabert. “Se verá obra más integrada en el color”.

El tránsito entre ambas, las pinturas de círculos de cera. “No creo que perjudique el desdoblamiento de espacios, claro que hubiera sido mejor presentarla en un mismo lugar, pero no cabía. No creo que el espectador se lleve una visión fragmentada, sino que se percatará más de un desarrollo evolutivo”, sostiene la pintora.

Ella asegura, frente a obras que llevaban años de espaldas a la mirada, que “estoy gratamente sorprendida; había obras olvidadas y al girarlas he vuelto a ver mis inquietudes pasadas. Las veo válidas”.

Si algo es seña de identidad en la obra de Cris Pink de la última década son sus campos de color. “Parto siempre del negro y luego voy desarrollando las distintas capas. La naturaleza ya te brinda estas tonalidades, estos colores entremezclados, los distintos espectros”. Pink es de las pocas pintoras que trabaja el óleo. “Es la técnica más adecuada a mis principios”.

El dibujo también ha experimentado una evolución. Si antes fue gesto contundente, ahora se ha matizado. Pero ahí sigue: “Sirve como entramado para darle estructuras muy ordenadas a la pintura; además contrasta con la linealidad”, comenta Cris Pink.

 

DIARIO DE MALLORCA, Cultura, 6 de mayo de 2004
Cris Pink. La temperatura del color. Centre d’art sa Quartera, Inca.
Casal de cultura can Gelabert, Binissalem.

LA LIBERACIÓN DE LO FIGURATIVO

ELENA SOTO

Las localidades de Inca y Binissalem acogerán las dos partes de “La temperatura del color”, una doble exposición de la pintora alemana Cris Pink. Las muestras incluyen algunas de sus obras más representativas, realizadas entre 1988 y 2004. Constituyen una antología que intenta reflejar las diferentes etapas de la evolución creadora de Pink.

La primera parte, expuesta en Inca, presenta 18 obras. En su mayoría, óleos sobre lienzo. También incluye obras correspondientes a una etapa de transición en que la artista experimenta con los aerosoles y la encáustica. Los primeros cuadros están marcados por la arquitectura de grandes espacios. Visiones panorámicas evocan monumentos de la antigüedad en ruinas: grandes estadios, teatros, anfiteatros… En la mayor parte de ellos utiliza las formas convexas. Posteriormente, aunque continúa con la visión arquitectónica, evoluciona hacia las formas cóncavas, se eleva, va de dentro hacia fuera y comienza a irrumpir la levedad y la ligereza en sus cuadros.

El dibujo va desapareciendo frente al trabajo cromático. Pink lo define como liberación de lo figurativo. Las imágenes se diluyen y comienzan a perder los límites. Hay toda una serie de obras de esta época en las que el motivo central son el círculo y la esfera. Sus títulos “Condición inmortal” o “Libertinaje de las estrellas” apuntan a otro tipo de espacio: el cósmico, el infinito.

La segunda parte de la muestra, la que se expone en Binissalem, está integrada por 10 cuadros y 6 dibujos. Los dibujos pertenecen a una serie que Cris Pink realizó a mediados de los noventa sobre el tema de la maternidad y el erotismo en la mujer. En la obra pictórica de esta última etapa ya no hay interés por la figuración; las formas circulares comienzan a transformarse en superficies monocromáticas con fondos de líneas que se entrecruzan. Aplica el óleo y el lápiz al lienzo, capas muy finas de color con estructuras de dibujo superpuestas. Tramas, filamentos, líneas cada vez más sutiles van creando ilusiones de espacio, de relieve, de textura… pero esta visión no es real, porque la superficie es totalmente lisa.

Estos últimos cuadros evocan la eternidad, el vacío o el espacio ilimitado. Uno de ellos se titula como una película de Théo Angelopoulos “La eternidad y un día”. Cris Pink comenta que cuando conoció la obra de este director quedó profundamente impactada por su poder de sugerir y de contar mediante lo que no se muestra. Su manera de presentar un fusilamiento en “La mirada de Ulises” con un paisaje nevado, sin horizonte, donde el espectador escucha sólo el sonido de la muerte, le pareció tan sobrecogedora que a raíz de la película cambió su pintura.

 

METRÓPOLIS, Suplemento de Cultura, junio 2004
Cris Pink. La temperatura del color. Centre d’art sa Quartera, Inca.
Casal de cultura can Gelabert, Binissalem.

 


 

LA SUSTANCIA DEL COLOR

GUDI MORAGUES

Con “La temperatura del color” la artista alemana, afincada en Mallorca, Cris Pink, exhibe, de forma conjunta y a dos bandas, -en el Centre d’art sa Quartera de Inca, y en Can Gelabert de Binissalem-, una selección de las obras, realizadas entre 1988 y 2004, en las que el gusto por la pintura-pintura se hace patente, se podría decir en una acción casi deleitable.

Los que vivimos, de alguna manera, vinculados con el mundo del arte o alredeor de él, con cierta frecuencia nos interesamos por determinadas obras en las que se procura profundizar e indagar lo que, inevitablemente, conlleva a proyectar ese interés creciente sobre sus autores y el curso de sus trayectorias.
Con la artista Cris Pink el proceso fue a la inversa. Inicialmente conocí a la artista, de personalidad acogedora y brillante, para después descubrir su obra, una obra sensitiva, luminosa, veraz y fiel a unos principios de integridad física poco habituales.

El recorrido plástico ahora propuesto, a través de la citada exposición, permite la observación de su evolución creativa, tensada entre la potencia del trazo y la lúcida experimentación. En las pinturas datadas en 1988, el juego de luces y sombras se hacía protagonista y delimitaba la intención del concepto, mostrando, sobre los lienzos de gran formato, sugerentes espacios Geom.tricos, de explícitas referencias a las antiguas culturas, bajo títulos como: “Estadio”, “Parlamento” o “Foso”.

A partir de 1989, con “La gran pirámide” el movimiento y la mancha de color se resolverán de forma más sutil. Las fórmulas esquemáticas se diluirán en una marea pigmentaria y el código emocional irá ganando espacio a la estructura, liberando de este modo la contención del gesto, efecto significado en “Pasión sólida” o “Aparición”, ambas obras correspondientes a 1990.

En los trabajos realizados entre 1991 y 1993 se observa una personal expresión, en la que subyace la intención contenida; Cris Pink utiliza sobre óleos de color intenso el blanco como punto luminoso de apoyo. Y la latente libertad encuentra su pleno desarrollo a partir de 1994, con “Condición inmortal”, donde la investigación cromática alcanza toda su plenitud.

Cada una de las telas elaboradas por Cris Pink es un universo etéreo, una nebulosa infinita, un espacio cósmico, formado por finas capas de pintura que, como luminosa escarcha, se superponen hasta conseguir las expresas transparencias.

A partir del año 2000 desaparece cualquier vestigio de forma, ni siquiera la esfera aglutinadora de inquietudes y pasiones de los últimos años, tiene cabida en esa huida hacia delante, en esa búsqueda de la esencialidad. La obra “Azul distante” marca el límite, y el óleo y el lápiz diseñan luminosos campos de color absoluto, en una trayetoria cada vez más determinada y precisa.

 

ÚLTIMA HORA. Dominical, sección Intersecciones, junio de 2004
Cris Pink. La temperatura del color. Centre d’art sa Quartera. Inca.
Casal de cultura can Gelabert. Binissalem.

PASAJES DE LA EMOCIÓN

BIEL AMER

El desconcierto en el arte se ha hecho más evidente en la pintura cuya falta de renovación en los contenidos ha ido pareja con una mayor dejación hacia la calidad de la obra, su aspecto formal ha ido deteriorándose, hasta límites cuyo fondo parece no existir. Si los planteamientos de los ochenta parecen caducos y las tímidas respuestas de los noventa no han siquiera llegado a concretarse.

¿Cómo afrontar los nuevos retos, cruzando ya el umbral del nuevo siglo? La respuesta, momentáneamente, llega de los mismos pintores, aquellos que sin alboroto han ido realizando una obra que desvela pasión por la pintura, el gusto y el placer por pintar.

Este año ya se han podido ver la renovada persistencia en el trabajo pictórico de Rafa Forteza y ahora mismo, un clásico como Hernández Pijoan, sigue ofreciendo muestras de su indudable capacidad para renovar la propia pintura sin necesidad de traicionar su espíritu. Entre ambas exposiciones ha emergido la figura de Cris Pink (Koblenz, 1956). Cuando parecía que su quehacer pictórico quedaba relegado a una afición puntual, a un ejercicio a destiempo, su reciente exposición en la galería Horrach Moyà redescubre a una pintora que desde la quietud y el silencio ha sabido elaborar una obra cuyo punto de partida y de llegada es la pintura. Así, escuetamente.

Hay en los cuadros de estos últimos años presentado por Pink, más pintura que en las innumerables y ociosas muestras cuyo único objetivo se centraba en mostrar las carencias de los propios pintores, exhibidas desde la más insana proliferación de aspirantes, más preocupados por impresonar, o vender, que en crear, en realizar bien su trabajo. Cris Pink, como Rafa Forteza y Hernández Pijoan, por citar nombres propios aún en cartel, nos permiten volver a gozar con la pintura, a sentir como cada pincelada responde a una necesidad expresiva propia, no impostada.

Esta reaparición de Cris Pink no es el resurgir desde las cenizas, sino el fruto de un proceso de trabajo serio y eficaz, decidido desde la necesidad expresiva y no de la urgencia para con la exposición. Asumida esa condición de pintora y aparcada cualquier perentoriedad, la pintora de Pink ha ido germinando desde la dedicación más íntima y se nota extraordinariamente en esta última serie de trabajos.

Su pintura anterior ya contaba con tímidos avances que en muchos casos llegaban apegados a formas heredadas desde su formación o deudoras de movimientos vinculados a la abstracción más gestual, incluso colorista. La búsqueda de un lenguaje propio, con su modo de entender la pintura, le llevó pronto a unas variaciones sobre conceptos minimalistas aunque descartando opciones monocromáticas. Así, su pintura fue afianzándose sobre recursos propios, acotaciones a una manera de afrontar la pintura sin estancar ningún valor y abierta a variantes difíciles de predecir.

La presente exposición en la galería Horrach Moyà es una propuesta abierta sobre diversos frentes. Uno de ellos inspirado en la pintura de Agnes Martin, nos propone una mirada en la que la repetición no resulta monotonía y su aparente minimalismo está dotado de un movimiento interior muy sugerente. Uno de los cuadros que mejor representa esta opción es “Shelter”. Sin duda, la mejor selección de propuestas está en la serie de pinturas cuyo título nos remite al color de la obra (Blanco, Azul, Negro, Rojo, Naranja…) entendido éste como tono dominante aunque la destreza de la pintora le permite incorporar matices luminosos y transparentes de gran preciosismo y eficacia.

Cris Pink nos devuelve la pintura en un estado puro, sin manipulaciones, permitiendo que el espectador observe el cuadro, abriéndole campos emotivos, estelados o profundos, siempre soportados por la pintura, no sirviéndose de ella para elaborar discursos o falsos encuentros, ni figurativos ni abstractos, sólo espacios vivos donde el color y sus matices expresan y destilan un bagaje poético que arranca siempre desde la pintura.

 

DIARIO DE MALLORCA, 7 de junio de 2002. Suplemento Bellver – Arte
Cris Pink. Galería Horrach Moyà. Hasta mediados de junio

EL CIELO SOBRA EL NILO

ALEJANDRA GUTIERREZ

En el Real Club Marítimo de Melilla, donde el murmullo del mar parece colarse incluso cuando uno está dentro, hay estos días un río que no suena pero se siente. No llega como paisaje literal ni como postal, sino como una atmósfera construida con pintura: agua, vegetación, cielo y un detalle casi secreto que obliga a mirar despacio. Cris Pink, artista y terapeuta, participa en la exposición colectiva de Balearia con tres cuadros basadas en el Nilo, una propuesta que puede visitarse hasta el 28 de febrero.

“Son tres obras: un cuadro grande y dos pequeños”, comenta. Ese formato funciona como una idea que se despliega en distintas respiraciones. En la pieza principal, el agua se asienta en la parte inferior y, por encima, la vegetación irrumpe con fuerza. La primera impresión es física: materia viva, crecimiento, impulso. No hay intención de describir un lugar concreto con exactitud geográfica; lo que aparece es una sensación, una memoria convertida en color y ritmo.

Pero la obra no se entrega de golpe. Cris Pink insiste en que hay que “quedarse” un poco, porque guarda una clave en lo mínimo. “Si te fijas, hay como una línea naranja apenas visible”, explica. Ese trazo no está ahí para adornar: marca un recorrido. Si el ojo lo sigue, conduce al contorno de un sombrero faraónico, integrado en la pintura como un hallazgo. No ocupa el centro ni se impone; aparece cuando la mirada se afina, como si el cuadro pidiera abandonar la prisa y permitirse descubrir.

 

Ese contorno, precisamente por su discreción, se convierte en símbolo de permanencia. Pink lo relaciona con la idea de lo que se asienta y se mantiene en el tiempo. En su relato, el Nilo es también una experiencia de duración, de continuidad. “Ver el paisaje como si no hubiera cambiado en cientos de años”, dice, y remata con una frase que resume el impacto: “Estoy en un viaje de tiempo”. Esa sensación atraviesa sus obras: el río no como anécdota, sino como presencia que permanece.

Las dos piezas de menor formato completan la propuesta desde otro ángulo y refuerzan un eje esencial: la tensión entre caos y orden. En la parte inferior aparece una materia más impulsiva, una gestualidad que roza lo salvaje; por encima se despliega un azul que actúa como bóveda, límite y equilibrio. La artista lo describe con claridad: ese azul “condensa y ordena todo este caos de la tierra”. Para ella, el caos no es un error; es el inicio. Es lo primero que brota cuando lo vivo aparece sin estructura, cuando la emoción llega antes que la forma.

El orden, en su manera de entenderlo, no llega para borrar lo anterior, sino para sostenerlo. No es una corrección, es una respiración. Y ahí aparece un componente espiritual que Pink formula sin dogmas, como una experiencia de equilibrio interior. “He trabajado así, para que solo es visible lo que el cielo permite ver”, afirma. La frase funciona como una llave: habla de lo que se revela y lo que queda protegido, de cómo mirar —y crear— implica siempre un límite. En sus obras, el cielo no es un fondo pasivo: es una presencia que encuadra, decide y permite que lo esencial destaque.

Cuando Cris Pink se detiene en la técnica, introduce una matización importante para entender su proceso. Aunque las obras expuestas se presentan en acrílico, su lenguaje habitual se construye desde el óleo. “Yo normalmente trabajo siempre en óleo. Lo prefiero porque el óleo es muchísimo más orgánico”, explica. No lo dice solo por la textura, sino por el tiempo que le permite habitar. El óleo le da un ritmo más lento y profundo, una forma de avanzar por acumulación. “Hay muchísimas capas… una y otra vez, una y otra vez”, cuenta, capas de “diferentes momentos” que “se compenetran”. En su mirada, pintar no es colocar una imagen de una sola vez, sino dejar que se forme por estratos, como si la obra fuera recogiendo tiempo.

Esa manera de construir por capas conecta también con su propio recorrido como creadora. Pink recuerda una etapa anterior, en los años 90, en la que su trabajo se volvió muy abstracto: monocromático, minimalista, al límite de la reducción. Con el tiempo —explica— sintió la necesidad de regresar a algún tipo de figuración, de recuperar una referencia reconocible que le permitiera “volver” a lo humano y a lo simbólico sin renunciar a la libertad del gesto. Esa transición no significó abandonar lo abstracto, sino incorporarlo de otra forma: como base, como atmósfera, como energía subyacente que sostiene lo que se sugiere.

             

En el origen emocional de estas piezas, Pink se expresa con sencillez y contundencia. “Fue algo tan mágico… me viene perfecto para poder describir lo que era esta gran emoción”, dice. Habla de “este silencioso pasar por el Nilo” y de la impresión de estar ante un paisaje que no se deja consumir como novedad, sino que se impone por su continuidad. Esa emoción es lo que intenta traducir: no contar un trayecto, sino sostener una sensación. Por eso el Nilo en su obra no es un escenario descriptivo; es un lenguaje: agua como base, vegetación como impulso, cielo como orden, y un trazo casi secreto que conduce a una referencia de permanencia.

La conversación con la artista se amplía cuando entra en su otra faceta, la terapéutica. Cris Pink trabaja en arteterapia desde hace 16 años y explica que una imagen puede decir lo que a veces no encuentra palabra. En sus sesiones propone a los participantes un relato —una historia, una leyenda— y, desde ese estímulo, los invita a crear con libertad: collage, pintura, objetos, materiales poco convencionales. Después llega el diálogo con lo creado, un momento delicado que ella sostiene desde la pregunta y la escucha. “Lo que hago es pregunto: ¿y esto?, ¿y por qué esto?, ¿el color?, ¿la textura?”, relata, subrayando que su papel no es imponer interpretaciones, sino acompañar.

Dentro de ese trabajo, destaca especialmente su experiencia con mujeres que han sufrido violencia de género. En esos procesos —explica— el arte puede abrir una vía de expresión cuando el relato verbal está bloqueado o pesa demasiado. La imagen permite acercarse a lo difícil sin tener que nombrarlo de inmediato; permite señalar, colocar fuera, mirarlo a cierta distancia. También menciona dinámicas con madres e hijos, donde lo creado se convierte en un terreno intermedio para hablar de emociones y vínculos sin exponerse de manera abrupta.

Ese contacto humano, sostiene, influye en su obra. No porque convierta esas historias en retratos ni porque pinte escenas concretas, sino porque de ahí extrae una inspiración que se transforma en lenguaje pictórico. Acompañar a esas mujeres, escuchar y sostener, observar cómo una imagen puede contener mucho más de lo que parece, refuerza su forma de pintar: trabajar por capas, sugerir sin invadir, dejar que lo importante emerja sin imponerlo. En ese sentido, su pintura y su terapia comparten una idea de fondo: hay cosas que necesitan tiempo para revelarse, y hay una forma de espiritualidad —entendida como equilibrio y cuidado— que consiste en respetar ese ritmo.

Al final, las obras de Cris Pink proponen exactamente eso: una invitación a mirar sin prisa. El Nilo está ahí como corriente interna, como sensación de permanencia. El caos brota en la tierra y el orden llega desde el cielo; lo visible convive con lo insinuado; el detalle casi oculto se convierte en señal. Y en medio de todo, esa idea que atraviesa su explicación y su obra: hay cosas que no desaparecen, solo se asientan. Como el río. Como la memoria. Como una imagen que, sin levantar la voz, termina quedándose.

 

 

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